jueves, 28 de octubre de 2010

un poco mas del ´porfiriato

De la pobreza a la riqueza



Pabellón mexicano en la Exposición Mundial

Desde la consumación de la Independencia en 1821 hasta el ascenso de don Porfirio al poder, México había vivido una situación económica a la que sólo podía calificarse como catastrófica: las incesantes guerras, las intervenciones extranjeras, la inestabilidad política y la incapacidad de pago del gobierno eran algunas de las características que definieron al país en el siglo XIX.

Sin embargo, con el señorío de don Porfirio la situación comenzó a cambiar por completo: el país, de manera forzada, entró en la senda del progreso y el orden gubernamental a tal grado que, gracias a José Yves Limantour, se logró -por primera vez en la historia del país- un superávit en el gobierno.

El milagro económico operado durante el porfiriato no puede comprenderse sin la inversión extranjera que comenzó a fluir al país gracias a la estabilidad política y las garantías que el hombre fuerte otorgaba a los capitales extranjeros. De esta manera, estadounidenses, ingleses, alemanes y franceses -por sólo mencionar a los cuatro principales grupos- invirtieron importantísimas cantidades en ferrocarriles, minería, explotación petrolera, manufacturas y explotaciones agrícolas.

El progreso de México era indudable y don Porfirio jugaba con gran cuidado con el peso de las inversiones extranjeras: impidió, hasta donde le fue posible, la supremacía estadounidense y trató de guardar un equilibrio gracias a la presencia de capitales de otras naciones.

El nuevo país -marcado por la modernidad- cambió su apariencia de manera definitiva: las grandes obras públicas, la unión de su territorio gracias al ferrocarril, el orden en la deuda pública y las finanzas, el afrancesamiento de las costumbres y la imparable llegada de novedades, convencieron a muchos mexicanos y extranjeros de que el pasado de sangre y muerte había sido abandonado de una vez y para siempre. La obra material, santo y seña del porfiriato, se convirtió en una suerte de religión a la que se sumaron los fieles del régimen.

Sin embargo, la modernización a marchas forzadas emprendida por don Porfirio, también tenía un lado oscuro: los inversionistas extranjeros fueron capaces de crear dos países en un solo territorio, los habitantes del primero -los funcionarios de las empresas, los técnicos extranjeros que llegaron con ellos y los sectores bendecidos por el hombre fuerte- vivían en una situación de privilegio, mientras que los integrantes del segundo -los trabajadores mexicanos- sobrevivían en condiciones miserables. México tenía dos rostros: uno moderno y próspero, y otro antiguo y miserable. Las joyas de la modernización no beneficiaron a la mayoría de los quince millones de mexicanos que vivían en 1910 y su hambre se transformó en alimento para el estallido revolucionario que seguiría a la gran fiesta de don Porfirio: la celebración del centenario de la Independencia.

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